Pedagogía Sistémica

 

Son tiempos de mucho cambio, y de formas de vida muy diferentes. Si es cierto que estos cambios originan grandes oportunidades pero también una gran complejidad de situaciones, cambios de familia, cambios de domicilio incluso de ciudad, separaciones, pérdidas, etc. Se crean situaciones difíciles de procesar, confusión de padres y madres con las consecuencias de problemas de exclusión social, trastornos en los niños y adolescentes que se muestran con problemas de aprendizaje, de conducta, hiperactividad, atención dispersa, y un largo listado de síntomas difíciles de clasificar.

 

Las aportaciones de la Pedagogía Sistémica respecto a las leyes o patrones que ordenan y desordenan las relaciones humanas y su aplicación al campo educativo, abren la puerta a un nuevo modelo de asistencia, comprensión e intervención. La pedagogía Sistémica nos ayuda a ampliar la mirada y a descubrir cómo se vinculan los sistemas familiares, sociales y culturales y como ello permite encontrar estrategias y vías de solución de una forma profunda, rápida y eficaz. Hoy podemos decir que dichas aportaciones son una de las herramientas psicológicas estrellas del siglo XXI para sanar las relaciones humanas.

 

Nos podríamos preguntar qué impide a los niños y niñas florecer, abrirse a la vida. Hoy sabemos que la urdimbre entre el entorno familiar y social, y la programación genética de cada ser, se entrelazan y tejen un tapiz de mil colores, sus sensores y antenas son tan sutiles que son muy vulnerables a todo lo que sucede en su entorno, tanto a nivel físico, emocional o mental.

 

 

¿Qué nos revelan l@s niñ@ y adolescentes?

 

Sencillamente todo, todo lo que se cuece en los mundos vivibles e invisibles, son el altavoz del sistema familiar, y todo niño como parte de su sistema, que es un organismo vivo entra en contacto con los ritmos de ese sistema, con los equilibrios y desequilibrios y hace un juego para compensar y bailar al compás de lo que necesita su sistema familiar.

Partimos de la hipótesis, que en muchos casos los síntomas que manifiestan los niños y adolescentes, están expresando un desorden o lealtad a su sistema. Por supuesto su actuación es inconsciente y obedece a un campo de información con el que el niño se ha encontrado, y por tanto poder mirar esto y ordenarlo, abre la puerta a un nuevo aprendizaje y a la vida y aporta bienestar a todos, para que cada uno ocupe su lugar y esté un poco más libre para hacer lo que le toca hacer, ya sea en el rol de como padres, madres u otras personas que sostienen y cuidan de las nuevas generaciones.

Por el contrario en muchos de los abordajes actuales de los trastornos infantiles y adolescentes, se atiende desde un marco clínico con la consecuente categorización individualizada de los trastornos, con respuestas y tratamientos farmacológicos que a menudo excluyen el saber y la información de lo que acontece en el alma de las familias y en sus contextos familiares, escolares y emocionales de los sujetos.

Cuando un sistema familiar está en una fase de desorden, normalmente genera síntomas en los individuos que forman parte del mismo. Así, ciertas dificultades de aprendizaje podemos verla como síntoma de algún posible desorden en el sistema familiar del niño o la niña y como algo hasta cierto punto natural y necesario. Sin embargo, aunque podamos considerar los síntomas como los mecanismos potencialmente equilibradores, desde la ayuda tenemos que contribuir a crear unas condiciones favorables para que el sistema se reequilibre de nuevo y el flujo de la vida siga adelante, puesto que, si el desorden fuera excesivo, este podría interceptarse e incluso llegar a extinguirse.

La escuela también es uno de los sistemas importantes de la vida de un niño/a. Por este motivo es fundamental que los profesionales de la educación estén informados de la raíz de posibles trastornos del comportamiento en las aulas.